martes, mayo 21

Rubén Baler, neurocientífico: “Somos conejillos de indias, nuestra atención se ha convertido en un bien rentable” | Salud y bienestar

Las adicciones secuestran el cerebro, lo someten hasta hacerlo claudicar en las necesidades más básicas. Incluso comer y beber, imprescindibles para la vida, dejan de ser prioritarios. Pero esa sustancia o comportamiento que genera tal disfunción cerebral acostumbra a ser apenas el síntoma de un fenómeno más profundo. La punta del iceberg de un complejo entramado de vulnerabilidad y mala salud mental, conviene Rubén Baler, científico experto en salud pública y neurociencia de las adicciones del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos (NIDA): “Nos tiene que preocupar lo importante, no solo lo urgente”, advierte el neurocientífico.

Baler (Buenos Aires, 64 años) conoce de primera mano las dimensiones de la crisis sanitaria. Trabaja en ello. Y quizás precisamente por eso, eleva el foco de atención más allá de las cifras grotescas. No es la sustancia, sino el fenómeno que hay detrás. La clave, asegura, son las manos e intereses más o menos ocultos que manejan los hilos de las dinámicas nocivas para la salud pública. Desde el alcohol y el tabaco hasta la comida basura o los contenidos digitales en redes sociales, “hay fuerzas cada vez más poderosas que tienen interés en que estos productos sean cada vez más adictivos y populares”, avisa el neurocientífico, que la semana pasada visitó Palma de Mallorca para participar en el congreso conjunto que celebraron la Sociedad Española de Patología Dual y la Asociación Mundial de Patología Dual.

Pregunta. ¿Qué le sucede a un cerebro adicto?

Respuesta. En realidad es muy simple. El cerebro está diseñado para aprender lo que le da una recompensa natural y sana. Cuando hay algo que nos aumenta la posibilidad de supervivencia, se libera un poco de dopamina, aprendemos de la experiencia y estamos mejor pertrechados para la próxima. Es un mecanismo muy delicado, que funciona como cualquier termostato, entre valores mínimos y máximos. Es lo que la evolución diseñó: ese termostato regulado por la dopamina, que es lo que regula el aprendizaje por la recompensa. Ahora bien, en el mundo moderno, hay cosas que pueden tergiversar el termostato y llevar esos valores de liberación de dopamina con la recompensa a niveles para los que no está diseñado. Digamos, si el sexo te lleva la dopamina de 1 a 10, la metanfetamina la lleva a mil. Pero el cerebro no está diseñado para eso y si das metanfetamina 10 veces, el termostato se puede romper y lo único que le da recompensa en ese caso sería la metanfetamina. El cerebro se adapta a eso y ese aprendizaje artificial es la adicción.

P. ¿Por qué hay unos cerebros que se hacen adictos y otros no, ante las mismas conductas?

R. Cada individuo es un universo y esa variación también se manifiesta en diferentes vulnerabilidades y robusteces. La diferencia interindividual es enorme por genes y por experiencia. No es la sustancia, sino el fenómeno que hay detrás. La clave, asegura, son las manos e intereses más o menos ocultos que manejan los hilos de las dinámicas nocivas para la salud pública.

P. ¿Qué diferencias hay cuando expones el cerebro de un adulto o de un adolescente a esas sustancias nocivas?

R. El cerebro adolescente se está programando, está cambiando de forma muy plástica, rápida y dinámica. Todos esos cambios van programando los circuitos para prepararlos para la vida. Esa programación es como estar corriendo; y cualquier empujoncito puede hacernos caer, tergiversar la calidad de esa programación y llevarla por una trayectoria no sana, dañina. Las drogas pueden corromper de forma muy efectiva la calidad de la programación.

Hay fuerzas cada vez más poderosas que tiene interés en que estos productos sean cada vez más adictivos”

P. ¿Y en qué se concreta eso? ¿Cuáles son los mayores riesgos?

R. Uno de los ejemplos más patente es el tema de la pornografía bizarra o rara. En los adultos, su cerebro está desarrollado y tiene la capacidad de entender que, si bien las imágenes son raras, no son normales o normativas y que difícilmente lleven a una recompensa sana o perdurable. Un chico de 12, 13 o 14 años que está expuesto al mismo tipo de pornografía, podría terminar con una disfunción sexual porque el cerebro está programando los circuitos que van a servir para la función sexual, y si eso se absorbe en ese momento crítico, eso podría volverse normativo, haciendo que el sexo normal no pueda disparar la respuesta que tendría que disparar porque ya ha sido programado y adaptado a cosas bizarras y raras. Es por eso estamos empezando a ver disfunciones sexuales en gente cada vez menor.

P. ¿Cómo han impactado las pantallas y las nuevas tecnologías en las adicciones?

R. Es muy difícil decirlo porque la ciencia es muy cuidadosa, muy rigurosa, tiene sus métodos y su ritmo. Y ese ritmo no tiene nada que ver con el de las tecnologías que estamos tratando de prevenir o de regular o de entender. Hay un desfase entre lo que podemos estudiar y lo que es relevante desde la perspectiva de salud pública. Y ese desfase crea el potencial para un experimento a escalas bíblicas. La posibilidad de que haya una relación adversa entre algunos aspectos de las redes sociales y la salud mental es tan potencialmente dañina, que tenemos que ser mucho más precavidos y cautelosos con lo que estamos haciendo. Por lo menos, posponer la exposición a pantallas hasta los 16 años.

P. Cuando habla de potencialmente dañina, ¿se refiere al riesgo de adicción a las pantallas?

R. Sí, porque los algoritmos son adictivos. ¿Quién inventó ese scrolling de la pantalla? Eso es adictivo. Los algoritmos son un laboratorio de dopamina de las plataformas, que estudiaron cómo hacer más adictivas estas plataformas. Sobre todo para los chicos que gravitan tantísimo hacia la comparación social, que dependen tanto del feedback de la comunidad. Todo eso es sumamente adictivo y crea hábitos, en muchos casos, patológicos.

Baler, en el Palacio de Congresos de Palma de Mallorca durante el congreso de la Asociación Mundial de Patología Dual.FRANCISCO UBILLA

P. ¿Qué se puede hacer?

R. No podemos depender de los políticos ni podemos esperar a que los científicos nos salven. Creo que la solución es a nivel local, en las escuelas. Los padres pueden, por lo pronto, frenar el uso de pantallas en la cama porque les afecta al sueño y eso es un círculo vicioso que los lleva a meterse en situaciones de riesgo y la falta de sueño les cambia el cerebro en sí. No entiendo por qué se permite que los chicos lleven los dispositivos a clase porque eso interfiere con el aprendizaje, con la dinámica de la clase y con la atención. No tiene pies ni cabeza. Lo primero es educarse sobre cómo funciona el cerebro y sobre que se están aprovechando de nosotros: somos conejillos de indias, un bien rentable. Nuestra atención se han convertido en un bien rentable.

P. ¿Para la industria?

R. Sí. Estamos pagando un precio voluntariamente y la decisión es de cada uno: o somos zombies y sonámbulos o tomamos las riendas de nuestra propia vida. En este momento, estamos vendiendo nuestra alma al diablo, tanto la privacidad como nuestros cerebros, las decisiones de cada uno. Entiendo lo difícil que es porque este aparatito [señala al móvil] está en todas partes y dependemos de él, pero tendríamos que esforzarnos en ver el bien y el mal, tratar de aprovecharnos de lo que nos ofrece para nuestro bienestar y desechar los efectos nocivos de estas tecnologías.

P. En el NIDA se centran en el abuso de drogas. ¿Cuál es la sustancia que más le preocupa?

R. En adolescentes, la prevalencia del alcohol es muy problemática, sobre todo, en culturas en las cuales es normativo. Es un problema, no solo porque es adictivo, sino porque el alcohol tiene propiedades neurodegenerativas, produce agujeros en el cerebro cuanto más larga la trayectoria de uso. El problema es que el alcohol se combina con la percepción de riesgo bajo, todo el mundo lo hace normativo y no pasa nada. Pero sí pasa.

Somos conejillos de indias, nuestra atención se ha convertido en un bien rentable”

P. ¿Y en adultos? En Estados Unidos tienen encima de la mesa una gran crisis de opioides.

R. Sí, pero lo que nos enseña la crisis es que no es una droga, es un fenómeno. Eso son todo síntomas: esta epidemia empezó con las drogas de prescripción recetadas (OxyContin, Vicodina…). Cuando apretamos la válvula de los doctores que sobreprescribían estas cosas, bajó la curva de esas prescripciones y empezó la curva de la heroína. Cuando la heroína empezó a subir, los traficantes se dieron cuenta de que podían cortarla con algo mucho más poderoso, empezaron a crear fentanilo y aparecieron los opiáceos sintéticos. Ahora, la cuarta ola tienen que ver con la anfetamina que se corta con la heroína y que aparece mezclada con el fentanilo y una droga nueva, la xylazina, que alarga los efectos psicoactivos del fentanilo. Pero todo esto son síntomas. Lo que tiene que preocuparnos no es lo urgente, sino lo importante: ¿por qué la gente usa drogas? ¿Qué es lo que los lleva a ello? ¿La miseria? ¿La desesperanza? ¿El aburrimiento? Eso es lo que hay que atacar. Hay que buscar las raíces de fondo.

P. ¿Y cuáles son?

R. Hay una financialización de la economía. Hay grupos que están muy interesados en la rentabilidad de los negocios: si hablamos de la comida basura, son industrias que producen una cantidad increíble de ganancias, pero estas comidas son adictivas, no ayudan a la salud pública. Las plataformas [de contenidos digitales] son adictivas. Las industrias del tabaco, el cannabis o el alcohol producen cantidades enormes de ganancias. Y a los dueños, los que se sientan en las juntas de accionistas, lo único que les importan son los beneficios de la compañía, la salud pública no es una prioridad. Y en esa ecuación, la población siempre va a perder. Hay fuerzas cada vez más poderosas que tiene interés en que estos productos sean cada vez más adictivos y populares.

P. ¿El problema es el capitalismo?

R. No, creo que el capitalismo es el único sistema que funciona. No estoy en contra del capitalismo, pero sí de esta forma de capitalismo desbordado que no tiene, aparentemente, ningún tipo de responsabilidad con el ciudadano.

P. ¿Los cerebros enfermos por la adicción se pueden curar? ¿Pueden volver al principio?

R. Ningún cerebro, ni sano ni enfermo, vuelve al principio. A los cerebros, si algo los caracteriza, es el cambio constante. El aprendizaje cambia la arquitectura del cerebro, pero puede ser buen o mal aprendizaje. Y las adicciones están basadas en el aprendizaje por medio de la recompensa. Es como andar en bicicleta: puedes imaginar una situación en la que desaprendas a andar en bicicleta? No. Porque lo que se aprendió de esa manera, con esa intensidad, en esas trincheras de aprendizaje en el cerebro, no se puede desaprender. La adicción es igual; nunca se va a curar, no va a desaparecer. Las trincheras de aprendizaje van a quedar ahí. Se pueden tapar con aprendizaje nuevo, mejor, más apasionado, más natural, más apropiado evolutivamente, pero las trincheras van a quedar ahí y por eso siempre existe el riesgo de recaída.

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